martes, 23 de octubre de 2012

Reseña de "La broma infinita", de David Foster Wallace


“Si no solo de pan vive el hombre,
tampoco de lógica y razonamiento”



Leer una novela de más de mil páginas podría ser como leer cuatro o cinco novelitas al uso, por lo cual recomendar una obra de estas dimensiones no es tan difícil como se cree. Sería cuestión de cuantificar el tiempo invertido en la lectura. Pero, atención, no me estoy refiriendo a un best-seller; me estoy refiriendo a una novela que es mucho más que eso en cuanto a contenidos y personajes, porque éstos son abordados desde sus entrañas, desde una perspectiva que va más allá de lo convencional, para que no solo disfrutemos de una buena historia, sino que, por medio de ella, removamos nuestros razonamientos y emociones. En esta exploración y remoción de lo humano radica la importancia de este tipo de obras literarias.

“La broma infinita”, de David Foster Wallace (Nueva York 1962 – California 2008), es una novela que tiene todos los ingredientes para poder ser catalogada como del tipo “Siglo XXI”, aunque se haya publicado en 1996, en el prefacio de un siglo XX dominado por el tridente constructivo del planteamiento-trama-desenlace (que, para muchos, debería renovarse o reinventarse). No obstante, creo que sería arriesgado hacerlo porque en 2012, año en el que vivimos, es aún muy pronto para decidir cuál es el tipo de novela que englobará los requerimientos necesarios para ser considerada como tendencia del siglo. Dejémoslo en que “La broma infinita” es una extraordinaria novela que está dentro de lo que mayormente se conoce como posmodernismo. Y a este respecto, cabe indicar que esta novela está influenciada, en su concepción, por otras disciplinas artísticas o culturales que orbitan -quiérase o no- en torno a la literatura, como la televisión, la informática, el marketing y el cine. Por lo cual ya notamos en ella un cambio o una forma diferente de crear la estructura de una obra literaria: su resultado es una narración fragmentaria, con oscilaciones en la lectura entre vertiginosas y distendidas, pero sin dejar de lado la coherencia, presente en lo que nos quiere contar. Todo ello salta a la vista durante la lectura, pero de una manera que llama la atención sin perturbar la fluidez de la misma.

La influencia autobiográfica de David Foster Wallace en “La broma infinita” es evidente por dos aspectos relevantes en su vida. El primero de ellos es la competencia tenística juvenil -el autor participó en torneos de ese deporte durante su adolescencia-, la cual tiene como escenario, en la novela, a La Academia Enfield de tenis de Boston. Estos deportistas adolescentes son tan peculiares que se divierten, además de con sustancias prohibidas, entre otras cosas, con el Juego del Escatón, que es raro y cruel por lo vejatorio de su práctica para los participantes, y pinta de pies a cabeza a estos jovencísimos tenistas.
El segundo aspecto son los psicofármacos -David Foster Wallace estuvo medicado y bajo tratamiento psiquiátrico para soportar la depresión que sufría desde muy joven-, cuya descripción de los personajes dependientes a las drogas legales e ilegales son perfectamente compatibles con cualquier expediente sanitario: “Algunos pacientes psiquiátricos –además de un buen porcentaje de personas que dependen tanto de productos químicos para sentir bienestar que cuando tienen que abandonar la química pasan por un trauma de pérdida que les llega a los sistemas más profundos del alma- conocen de primera mano que hay más de un tipo de la llamada depresión”.
En esta obra encontraremos ambas caras de la realidad: la dureza de la vida encarnada en una variopinta diversidad de personajes, y la superficie sobre la que estamos acostumbrados a desenvolvernos. Precisamente, en los detalles imperceptibles que nos ofrece el autor podemos conocer el lado oscuro de las personas. Quizá su verdadero ser. Estas más de mil páginas dan para ahondar en detalles. Y el autor no escatima en recursos narrativos para ofrecérnoslos.
En este proceso de desvelamiento pasamos constantemente del realismo al hiperrealismo. Prueba de ello son los N.A. (Narcóticos Anónimos) o los A.A. (Alcohólicos Anónimos). Estos últimos son los que presentan un mayor grado de dramatismo por lo lamentable de su situación, llenos de muertes y de tragedias. Es en estos dos aspectos donde el realismo y el hiperrealismo se palpan de manera más evidente. Me recordó la primera vez que vi la película “La naranja mecánica” de Stanley Kubrick: mientras leía episodios de “La broma infinita” sentía esa sensación de desasosiego unida a una dura veracidad. Pero entre la película de Kubrick y la novela de Foster Wallace no hay ningún tipo de similitud argumentativa ni de ninguna otra índole, excepto en el hiperrealismo de algunas escenas. También el autor nos sumerge en una dialéctica geopolítica que, entre muchas cuestiones, destacan los separatistas de Québec, aquella provincia canadiense francófona. Con esto le da a la novela unos tintes políticos muy interesantes y que añaden riqueza a la historia. Pero no es meter ideas porque sí, para rellenar: existe una lógica detrás de todo ello, que va conformando un todo mientras se avanza en la lectura. Es una novela que se va construyendo de a poco, en complicidad con el lector.
A veces nos topamos con inconmensurables párrafos. La cantidad de personajes, sus descripciones sociológicas y sus diálogos lo justifican. Asimismo, las interminables descripciones de lugares son a su vez dignas de destacar. Esta vastedad de descripciones tiene un sentido unitario. Nada sobra en la novela. Las historias que van apareciendo dan la impresión de que son irreconciliables, de que no tienen nada que ver la una con la otra. Sin embargo, conforme leemos, el autor integra todas y cada una de las historias de la novela. Es una narración para lectores pacientes, porque la extensión requiere constancia. Y merece la pena.
Los términos fosterwallaceanianos están presentes en la narración para entender su mundo o cosmovisión de las cosas: Interdependencia, ONANistas, Servicios No Especificados, la Convexidad… Y de sus particulares términos no podemos olvidarnos de una característica fundamental de esta vasta obra: el tránsito de la ironía (“Evan Ingersoll, el hombre fuerte de IRLIB-SIR, de 1,3 metros de estatura, calentado por su grasa de bebé y muchas calorías de esfuerzo mental, está de cuclillas sobre sus talones como un catcher al oeste de Damasco”) al sarcasmo (“el señor James Incandenza, director de la Academia de tenis se suicidó metiendo la cabeza en el microondas”). Siguiendo esta misma línea tenemos también los nombres con el que se bautizan en Estados Unidos, y otros países, los años: El año de la ropa interior para adultos Depend, El año del parche transdérmico Trucks… Todos estos términos y otros conceptos que el lector puede no entender, están debidamente explicados en el apartado de NOTAS Y ERRATAS, al final de la novela. Son más de cien páginas que el autor le dedica a esta última parte de la novela para mejor entendimiento del lector.
Mucho se ha dicho de esta novela, que es compleja, que no es fácil, etcétera, etcétera. Requiere de una perseverancia, de una curiosidad por desenredar los mecanismos de la mente, del historial emotivo y psicológico de los personajes. No es solo una historia, hay otra historia detrás que no está escrita en papel, pero sí en nuestras conclusiones después de terminar “La broma infinita”. Es de esas novelas que nunca olvidarás, como el primer amor. Y que con el paso y el peso del tiempo volverás a recorrer los mismos caminos o páginas porque sabes que te has dejado algo ahí.
David Foster Wallace tuvo un trágico final, como sus personajes: se ahorcó en 2008. Era profesor universitario y ya era considerado uno de los mejores escritores norteamericanos de su generación. Pero la depresión, que padeció durante más de veinte años, pudo con él. Sin embargo, nos quedó su obra que, aún sin ser muy prolífica, es de una calidad importante. El contenido, en este caso, de “La broma infinita”, es una prueba de ello, como sus demás novelas y relatos.




Juan Aguirre




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